Los autores de tu relato

por | Oct 21, 2017

Entre las experiencias que tenemos cada día y la forma en que las asumimos o contamos, no solo intervenimos nosotros mismos, sino también un colectivo de autores que nos es desconocido y a quienes no se les damos una participación consciente, pero que, sin embargo, siempre toman parte, tienen algo qué decir, condicionan nuestro relato y son los que, en definitiva, lo escriben.

Recibimos y emitimos continuamente información mediante impulsos nerviosos y la procesamos toda de forma inconsciente, pero solo nos damos cuenta de aquella información que consideramos más relevante. Y, entre ella, una misma circunstancia puede generar tantos puntos de vista como personas la observan porque cada uno de nosotros tenemos constantemente activos en el insconciente distintos filtros entre nosotros y la realidad, que se ha ido instalando a lo largo de nuestra vida y que nos ayudan a interpretar el mundo que nos rodea.

Pero si lo que vemos y vivimos es ya distinto a lo que percibimos, la realidad se complica más si la contamos, si le ponemos palabras. En ese proceso de “poner palabras” a la impresiones para poder transmitirlas, vuelver a aparecer, otra vez, esos mismos filtros que modifican aun más, no ya lo que percibimos inicialmente, sino la interpretación que hicimos de ello y, además, aumentada por las limitaciones propias e inevitables del lenguaje.

Por tanto, entre lo que vemos y lo que decimos se produen dos distorsiones que se refuerzan y que determinan la interpretación adecuada de la realidad que nos rodea. Estos filtros y tamices son los verdaderos autores de nuestro relato, un relato condicionado y limitado por nosotros mismos, pero siempre distintos a la realidad, adaptados a nosotros. Desgraciadamente, muchas veces sucede que nuestra interpretación es absolutamente dispar con la realidad o con lo que los demás ven, lo que nos genera desequilibrios emocionales y malas interpretaciones, equívocos y errores.

¿Quiénes son estos escribientes invisibles tan importantes y con tan influyente pluma? Voy a citar algunos, que no a todos. Y según los vaya presentando, seguro que te sonarán de algo y seguro que también, en más de una ocasión, han tenido la osadía de hacerte ver las cosas como no son. Y, además, contarlas como no fueron.

"Entre lo que vemos y lo que contamos se producen dos cambios sustanciales de la realidad porque los filtros están al ver y al decir"

Existen dos clases de filtros. Unos que son automáticos y que forman parte del normal funcionamiento del cerebro. Los tenemos ahí y los aplicamos de forma insconsciente. Otros filtros se adquieren con la experiencia y se van instalando en el cerebro a través de las propias vivencias personales. Son dos juegos distintos de filtros que combinamos entre sí y que se complementan: aquellos son los filtros genéticos neuronales, estos son los filtros adquididos.

Filtros genéticos neuronales

Recibimos grandes dosis de información diaria. Tanta que es imposible procesarla con igual eficacia. Entre ella hay alguna a la que no prestamos atención explícita, pero que procesamos igualmente aunque de forma inconsciente siguiendo, además, unos modelos de disciplina ya incorporados y con los que nuestro cerebro funciona en modo automático.

Omisiones o supresiones. Somos selectivos con nuestras experiencias y eliminamos aquellas informaciones que consideramos irrelevantes, para centrarnos en aquellas que consideramos importantes. Si no fuera así, nos abrumaríamos. El cerebro lo hace por una mera cuestión de eficiencia y por la imposibilidad práctica de manejar un exceso de información de manera simultánea, con el coste de privarnos de información que pudiera ser relevante.

Suprimir puede llevarnos a escuchar lo negativo o la crítica, y no atender a los reconocimientos y elogios, aunque estén en la misma frase. O, al contrario. Escuchar la conclusión, pero no la explicación que conduce a ella.

Distorsiones. Alteramos nuestras experiencias agrandándolas o disminuyéndolas para verlas de otro modo. Supone que representamos la realidad bajo parámetros que solo existen en nosotros. Esto puede llevarnos a obtener una visión distinta de la realidad, a “engañarnos en el solitario”, y ver y valorar de forma distinta a como lo hacen los demás.

La distorsión nos permite también abrir nuevas posibilidades y desarrollar nuestra creatividad, sea para bien o para mal. Si quieres hacer nuevos proyectos, motivarte y entusiasmarte, verás con optimismo la experiencia a realizar. Pero también sirviría igualmente para desmoralizarnos si “hiciéramos un mundo” de cualquier suceso y nos culpáramos o exagerásemos nuestro papel o responsabilidad en alguna circunstancia.

Generalizaciones. El cerebro toma la información de un evento y asume que experiencias similares tienen interpretaciones similares. Con ello, el cerebro pretende entender el mundo y aprender cómo funciona. Es, en este sentido, un instrumento de aprendizaje.

 

Pero también puede ser un instrumento que nos conduzca a conclusiones equivocadas y que procesemos una experiencia de forma errónea. “Todos los políticos son iguales” es una afirmación habitual que no resiste argumento que lo sostenga, pero es una generalización injusta y desafortunada que desprecia conductas generalmente honestas por acciones puntualmente reprobables.

Filtros adquiridos

La información que omitimos, distorsionamos y generalizamos depende de nuestras creencias, valores, lenguaje, decisiones y recuerdos. Dependen de nuestras experiencia personal y de los resultados que vamos obteniendo de nuestras observaciones y de nuestras acciones.

Los factores genéticos. Los factores genéticos no solo están presentes en el color de nuestros ojos, la forma de nuestra nariz, la talla de nuestro pié o nuestras estatura, sino que también se encuentran en la tendencia hacia una conducta determinada.

El efecto de los genes no tiene porqué ceñirse solo a cómo se forma nuestro cuerpo, sino que también ayuda a explicar cómo aparecen ciertas predisposiciones psicológicas y ciertos comportamientos. Observar que hay personas que a primera hora de la mañana despliegan una enorme actividad, a otras les cuesta arrancar el día y también algunos que solo se activan de noche. Hay personas más tranquilas que contrastan con otras más dinámicas e hiperactivas, que deben gastar energía para poder descansar. Pero en estos casos, los genes no son del todo determinantes, sino que también dependerá del ambiente en el que el sujeto desarrolla su actividad.

Los estados fisiológicos. No se percibe igualmente nuestro entorno si estamos padeciendo una subida de azúcar en sangre, sufrimos una bajada en la tensión arterial, hemos tomado ciertos medicamentos o tenemos algún tipo de dolor físico. Los niveles de serotonina en el cerebro o el simple agotamiento también alteran nuestro estado fisiológico. Una situación o un ambiente que nos provoque una reacción alérgica, o alguna circunstancia que nos produzca una pérdida masiva de sangre significan una alteración seria que afecta a la forma en que percibimos, interpretamos y respondemos al entorno.

De ahí que debamos cuidarnos de mantener reuniones importantes o discusiones cuando estemos agotados, con mala sensación corporal o suframos significativos desfases horarios tras un largo viaje.

 

Los estados emocionales. Las emociones con las que se perciben los acontecimientos determinan en gran medida la calidad de la apreciación global de nuestra observación. El enojo, la ira, la euforia, la frustración o la alegría, por ejemplo, condicionan el resultado de aquello que percibimos y nos predispone en uno u otro sentido.

Indudablemente, la emociones influyen en la percepción del entorno. Una emoción que pudiéramos considerar positiva o de buen humor aumenta nuestro campo de visión y nuestra capacidad de tener una apreciación global de la observación, obteniendo mucha más información sobre la escena. El mal humor, el miedo, la tristeza, por el contrario, reducen esa capacidad de ampliar la atención, focalizándose hacia determinados detalles. Es lo que se conoce como “efecto arma” que suele afectar a los testigos de algún delito: si en la escena había algún cuchillo o pistola, el estrés del momento propiciará que casi nadie recuerde más tarde la cara del delincuente, pero sí se habrá fijado en lo que llevaba en la mano.

Los patrones habituales del comportamiento. Este condicionante ejerce una poderosa influencia en cómo reaccionamos ante el entorno. Desde la infancia hemos ido aprendiendo pautas de comportamiento que tendemos a repetir una y otra vez hasta la edad adulta. Si hemos sido educados de una forma determinada ante una circunstancia concreta, tendemos a repetir nuestra valoración cuando la circunstancia vuelva a repetirse.

Si nos han educado en ver los retos como una oportunidad que desarrollará nuestra habilidad y creatividad, es muy probable que cuando volvamos a afrontar retos reaccionemos con entusiasmo y pondremos en marcha nuestra habilidad y creatividad. Si, por el contrario, ante un reto hubiéramos visto temores, amenazas e incertidumbre, cuando vuelva a surgir un nuevo desafío en la edad adulta, rehuirémos el afrontarlo porque nos vencerá la inseguridad y el miedo.

 

"Una creencia no es simplemente una idea que la mente posee; es una idea que posee a la mente", Robert Bolt

Las creencias. Las creencias son afirmaciones personales que consideramos verdaderas y que de forma consciente o inconsciente afectan a cómo nos percibimos a los demás y al mundo que nos rodea. Suponen una serie de generalizaciones sobre determinadas circunsatancias, aderezadas por la supresión de aquellas circunstancias que las desmienten.

Son tan determinantes que el escritor británico Robert Bolt, afirma que “una creencia no es simplemente una idea que la mente posee; es una idea que posee a la mente”. Son juicios instalados en nosotros y que mediatizan nuestra percepción, nuestras capacidades y nuestro juicio. Se convierten en el cristal que da color a nuestras observaciones y que condiciona la percepción de nuestras vivencias.

 

Las necesidades personales. Estamos condicionados por nuestras necesidades, sean estas económicas o emocionales. El mayor o menor interés o el desinterés, en la satisfacción de nuestras necesidades, condicionará la forma en que vemos el entorno. Si un empresario tiene necesidad de tesorería para realizar pagos, mostrará interés en finalizar los encargos lo antes posible o gestionará el cobro de la factura ya emitida. Si, por el contrario, cuenta con tesoreria suficiente, su disposición al cobro no será urgente, ni le ocasionará ansiedad, ni hará juicios prematuros sobre los motivos del impago o de la demora.

En definitiva, los filtros mentales no suponen algo negativo en sí mismos, sino que existen para protegernos. Una mayor comprensión de que existen y saber que funcionan en todos y cada uno de nosotros nos sirve para ser conscientes de que no todo el mundo experimenta las mismas cosas de la misma manera, ni desea lo mismo de la vida, ni reacciona de mismo modo ante el mismo suceso. Ninguno de nosotros tenemos razón, al igual que todos los demás no están equivocados. Simplemente vemos las cosas de modo diferente.

Ser consciente de los filtros, de cuándo se instalaron en nuestro cerebro, qué experiencias los generaron y qué circunstancias del entorno los condiciona, sirve para poder cambiarlos y poder adaptarlos a nuestras necesidades para alcanzar los objetivos que deseamos.

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