Politica mediocre y viceversa | Alberto Astorga

Jul 20, 2019

Política mediocre y viceversa

ALBERTO ASTORGA

Decimos que cualquier tiempo pasado fue mejor. Quizá no sea así, pero nos gusta pensarlo porque nos hace sentir mejor. Cuando atravesamos momentos de crisis personal, o simplemente por melancolía, nos refugiamos en recuerdos de momentos e instantes pasados que con toda probabilidad no fueron tan maravillosos como los dibujamos en nuestra memoria. 

La nostalgia es una emoción que nos lleva a rememorar momentos en los que de algún modo nos sentíamos protegidos, seguros, con buenas sensaciones y con optimismo.

Para el neurólogo y psiquiatra Alan R. Hirsch, la nostalgia se puede considerar como el anhelo de regresar al pasado, un pasado idealizado por una impresión aseada que construimos de ese pasado. No se trata en ningún caso de una verdadera recreación, sino una combinación de muchos recuerdos diferentes que integramos y de los que apartamos las emociones negativas. En esa reconstrucción mental influyen nuestras expectativas, deseos, creencias y valores, que llenan los huecos, suavizan las aristas y aportan cierta lógica al recuerdo. 

Aquellos que se dedicaban a la política, hoy alcanzan, con la perspectiva del tiempo, una calidad intelectual, profesional y política y una visión de futuro que valoramos y echamos de menos"

La política de los mediocres por Alberto Astorga

Pero la nostalgia es también una emoción social que nos ayuda a aumentar nuestra empatía, fortalecer los sentimientos de conexión y de pertenencia social, con lo que se eleva nuestra autoestima y nuestra propia valoración como grupo y como sociedad.

Cuando ponemos en perspectiva nuestras vivencias políticas y las comparamos con la política del momento, cuando contrastamos a aquellos protagonistas que recordamos con estos que se asoman a la actualidad del día a día, nos embargan elevadas dosis de nostalgia y desencanto.

Hace pocos días, en esta misma tribuna, escribía Emilio Borrega sobre los hombres de Estado, sobre aquellos hombres y mujeres que se dedicaban a la política y que hoy alcanzan, con la perspectiva del tiempo, una calidad intelectual, profesional, política y una visión de futuro que valoramos y echamos de menos. El artículo se titulaba “Hombres de Estado” y nos anunciaba con desazón, que tales personajes ya no existen. No le falta razón.

La inseguridad, la incertidumbre y la falta de objetivos y metas se han instalado en nuestra política actual y con ellas, la nostalgia por tiempos pasados, por aquella política y por aquellos políticos. 

La degradación experimentada puede ser subjetiva o no, pero lo cierto es que las encuestas demuestran un evidente deterioro político en los últimos años y que se agrava por momentos. Así, El País del pasado 4 de julio, haciendo referencia al barómetro del Centro de Investigaciones Sociológicas, CIS, de junio, publicaba, tan solo dos meses después de la celebración de las elecciones generales, que los políticos y los partidos se consolidan como el segundo problema de los españoles, solo por detrás del paro” y alcanzado niveles hasta ahora desconocidos. 

Mediocridad política por Alberto Astorga

Los políticos carecen de experiencia fuera de la política y, como la población esta mejor formada, los títulos impresionan menos en los currículos"

Este deterioro de la imagen de la política ha alejado el talento; y sin talento, la política solo puede nutrirse de la mediocridad que, a la vez, desprestigia la política y origina un bucle infinito. 

Según Xavier Collet, sociólogo, periodista y catedrático de sociología en la Universidad Pablo de Olavide de Sevilla, “se da la paradoja de que la percepción de que tenemos políticos malos sucede cuando tenemos la clase política mejor formada de la historia del país”

Aun siendo esto cierto, los políticos actuales apenas se han desarrollado profesionalmente fuera de la política y, como además el conjunto de la población está también mejor formada, los títulos, másteres y doctorados impresionan menos en los currículos.

Lejos quedan los políticos de la a menudo venerada generación de la Transición política española. En todo el espectro político se contaba con profesionales con dilatadas carreras en muy diversos sectores y habían demostrado sobradamente quiénes eran en la sociedad. Pocos habían tenido actividad política previa, pero daban un paso adelante comprometiendo su prestigio, ante el reto de reinventarse para ayudar a construir la democracia.

Tenemos una elite política muy formada, pero también muy desprestigiada. El descrédito de la política no es casual. No es únicamente consecuencia de los elevados niveles de corrupción alcanzados ni de los escándalos o abusos conocidos ni por la aparición de movimientos ciudadanos reivindicativos. No busquemos ni rebusquemos más razones. 

Los partidos se han convertido en centros de influencia, de negocios y en agencias de colocación, con la peligrosa práctica de premiar la fidelidad y sancionar el mérito"

Los mediocridad en la política por Alberto Astorga

Se debe, principalmente, a la sensación de creciente incompetencia que transmiten los políticos y que los ciudadanos perciben. Luis María Ansón, periodista, escritor, miembro de la Real Academia Española y fundador de La RazónEl Imparcial, en una entrevista publicada ya en febrero de 2016 en El Español, es categórico: “El gran problema de la clase política española no es la corrupción, sino la mediocridad”.

Los partidos políticos son los grandes protagonistas y responsables de esta situación. Una incompetencia que no es fruto del momento, sino debido a años y años. Las organizaciones políticas han venido actuando siempre con desdén y arrogancia, se han ido convirtiendo en grandes centros de influencias, de negocios y, sobre todo, en agencias de colocación, sedimentándose la peligrosa práctica de premiar la fidelidad y sancionar el mérito.

El profesor de la Universidad de NavarraJaime Nubiola, orienta una parte del problema a las juventudes de los diversos partidos y otra, no menor, a las listas cerradas. Afirma que “buena parte de los políticos actuales han pasado toda su vida en los partidos. Necesitan títulos para aparentar que son alguien porque no han hecho otra cosa”. Los currículos son parte de una parafernalia más estética que necesaria.

Por su parte, las listas cerradas “van en contra de los méritos personales, porque un político no está ahí porque le hayan votado a él, sino porque han votado al partido”. Si el partido te elige, entras. El votante ha de aceptar el paquete completo, aunque prefiera prescindir de algún regalito. Pero las listas abiertas, tampoco es la panacea, porque los partidos siempre se reservarán elegir a los que podrán ser elegidos, con lo que el control no desaparece.

Si en otros países o en otros momentos ser parlamentario o incluso concejal, es un prestigio en si mismo, hoy en día la política se ha convertido en un medio necesario para acceder a cargos de nombramiento discrecional. De ahí que las pugnas internas en política no sean de carácter ideológico, sino que sean verdaderas guerras personalistas para alcanzar o mantener un estatus privilegiado.

Liderazgo y políticas mediocres

Tenemos unos políticos que fracturan la sociedad, entorpecen las instituciones y exigen permutar cargos públicos por apoyos perversos y miserables"

La mediocridad ha crecido descontroladamente. Hay políticos magníficos y no se puede generalizar, pero la media es terriblemente mediocre. Nos encontramos con una clase política capaz de fracturar una sociedad, entorpecer la investidura de un candidato, exigir ministerios, consejerías o delegaciones municipales, permutar apoyos por liberaciones y contratación de asesores y personal de confianza. No se contrastan ni se debaten las ideas ni se plantean transcendentales proyectos o reformas de futuro

La pugna entre partidos se ha convertido en una pelea barriobajera en la que priman los intereses personales o de partido y los dogmatismos populistas. La política es espectáculo con el que se quiere mantener movilizado al electorado en una campaña permanente; una legión de perfiles falsos en redes sociales que humillan, atacan e insultan a quien piense diferente; un espacio de linchamiento a quien destaca o a quien pretenda utilizar ciertas dosis de sentido común. El clima de respeto y de aceptación de ideas es cada vez menor y la calidad democrática de las instituciones se pone en entredicho.

En un panorama así, sin proyectos ni horizontes épicos a los que conducir nuestra sociedad, no es de extrañar que profesionales de prestigio huyan de la política y la dejen en manos de quienes nos lideran. Los políticos mediocres se vuelven candidatos mediocres que dan discursos mediocres, que llegan a gobiernos mediocres y se rodean de colaboradores mediocres. El resultado final es evidente.

Alberto Astorga 

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