Los gatos muertos del totalitarismo | Alberto Astorga

Jun 8, 2020

Los gatos muertos del totalitarismo

ALBERTO ASTORGA

En una sociedad donde constantemente surgen múltiples puntos de interés, se hace difícil, sino imposible, mantener la atención en algo concreto durante un tiempo considerable. Sucede tanto en nuestro entorno más directo como en esta sociedad cada vez más global y dinámica. El cerebro humano, sea por su propia estructura o por su necesidad de controlar el entorno, tiene dificultades en mantener esa atención. A controlar el entorno, a estar atento a él por la propia seguridad y supervivencia, se dedica nuestro cerebro más primitivo, nuestro cerebro reptiliano.

Esto no tiene por qué ser malo. No existe una actividad más cruel para una persona que la monotonía, la reiteración, el estar siempre en lo mismo. Sería estar en el argumento constante y repetitivo en que vivía Phil Connors, protagonista de El día de la marmota, una de la películas más representativas del cine y cuyo título acuñó un término más popular que el déjà vu francés

Esta falta de atención aparece también, incluso aumentada, en lo colectivo. Si es difícil mantener el foco de nuestra atención, mucho más difícil es que lo opinión pública no se distraiga entre los numerosos capotes mediáticos, sucesos o informaciones que aparecen cada día y que obligan a estar en una alerta constante para poder captarlos y valorarlos.

Alcibíades, carente de escrúpulos y sobrado de ambición capaz de defender una cosa y la contraria -vean que el paralelismo con Pedro Sánchez es asombroso-, hizo seccionar la hermosa cola de su perro para que los ciudadanos hablaran de ello y no de su gestión política.

 

Pericles y la guerra del Peloponeso

Este funcionamiento del individuo y de la masa ciudadana es aprovechado por los expertos y los asesores de imagen y comunicación en todo el mundo. Sirve para encauzar la atención, la opinión y la conducta, no solo del ciudadano, sino también, lo que es más importante, del votante. No es original de nuestro tiempo, sino que es un fenómeno presente en todas las épocas y aparece en forma más evidente cuando los líderes o los partidos persiguen establecer un régimen totalitario. Para evitar el rechazo, la crítica y la oposición, se crean artificialmente cortinas de humo que ocultan y maquillan los abusos y desvían la atención de desmanes antidemocráticos.

El estratega y maestro de las “artes políticas oscuras”, Lynton Crosby, lo llama “poner un gato muerto sobre la mesa del salón”. Al final, el impacto que produce el gato hará que todos los presentes le presten atención, hablen sobre él, opinen, pongan y dispongan, olvidando cualquier otra cuestión anterior o más importante. El gato marca la pauta. De eso se trata.

Esta simpleza se ha utilizado por experimentados estrategas. En la Atenas clásica, Pericles, que es reconocido como el constructor de la gran urbe, se muestra como un líder de talante grandioso, discurso hábil y muy próximo a los populismos de nuestra época. Es el artífice de numerosas obras públicas, templos, servicios y ornato de la ciudad, que en su día supusieron una exagerada inversión de los recursos del Estado. La ampliación de la Acrópolis, la construcción del Partenón y sus propilenos le causarían más de un dolor de cabeza.

Buscar el enemigo exterior

Valerio Máximo, en Hechos y dichos memorables, cita una curiosa anécdota según la cual, un triste y meditabundo Pericles recibe la visita de su sobrino Alcibíades. Este, al ver la turbación de su tío, pregunta qué es lo que le preocupa. Pericles le confiesa que ha gastado tal cantidad de dinero en la edificación de nuevos templos, que no sabía cómo rendir cuentas de su gestión ante una ciudad que se las reclamaba. Alcibíades simplemente contesto: “Búscate un medio para no tener que rendirlas”.

¡Y vaya que se lo buscó! Pericles, siguiendo el consejo, da inicio a la segunda guerra del Peloponeso contra Esparta que acabaría con la edad de oro de una Atenas que no recobraría ni su lustre ni su prestigio. Pero que tampoco recibiría las explicaciones sobre los excesos de su líder. Objetivo cumplido, a pesar de su precio.

En los siguientes conflictos bélicos, Alcibíades mostraría una notable personalidad tiránica digna de estudio en El banquete, de Platón, donde cobra especial protagonismo. Además de este texto, contamos también con testimonios dejados por Tucídides y Plutarco.

“La inteligencia y habilidad que ponía en tales asuntos y discursos políticos contrastaban con la lascivia de su modo de vida, sus excesos de bebida y amores, la afeminación de los vestidos púrpuras que arrastraba por el ágora, su extravagancia arrogante (…) y la fábricación de un escudo dorado sin ninguna insignia patria, sino con un Eros con cuernos”.

A Alcibíades, no le temblaba el pulso cuando tenía que desviar la atención de sus ciudadanos. Carente de escrúpulos y sobrado de ambición, capaz de defender una cosa y la contraria -obsérvese el paralelismo con Pedro Sánchez y con Pablo Iglesias-, hizo seccionar la hermosa cola de su perro con que orgullosamente paseaba y al que todos admiraban por su porte. Preguntado por la razón de aquella atroz amputación, arguyó que así, mientras los atenienses perdían el tiempo dirimiendo sobre ello, no lo empleaban en criticar su gobierno. Era su particular versión del “gato muerto” de Crosby.

Generar otros temas, crear polémicas, inventar un enemigo exterior, desviar la atención de lo verdaderamente importante, crear disyuntivas estériles entre galgos y podencos, es la metodología que desde la tiranía, se ha utilizado y se utiliza para dirigir las  sociedades. Para el experto ministro nazi “para la Ilustración Pública y Propaganda” -lo dice todo-, Joseph Goebbels, “la capacidad receptiva de las masas es limitada, su comprensión escasa y gran facilidad para olvidar”. A él le debemos los principios de la propaganda de que todavía se sirven para generar y sostener a los totalitarismos de todo color.

En la pantalla de los cines, bajo el título Wag de dog, se desarrolla una trama en la que, pocos días antes de unas elecciones, los oponentes políticos del presidente de los Estados Unidos, le acusan de abuso sexual hacia una menor. Para eludir el escándalo siguió el ejemplo de Pericles: inventar una guerra que centrara la atención de los ciudadanos hasta que las urnas se hubieran cerrado. Angustiados por las noticas e imágenes de una guerra ficticia, moviendo las emociones patrióticas de los norteamericanos, nadie prestó atención a una pequeña columna en la prensa. La película se estrenó en España como Cortina de humo.

El pensamiento único; Los gatos muertos del totalitarismo.

Nada nuevo bajo el sol. Los totalitarismos se burlan del ciudadano. Lo consideran inferior, intelectualmente débil e influenciable. Los gobiernos envían mensajes que las masas con “capacidad receptiva limitada, comprensión escasa y gran facilidad para olvidar”, digieren y difunden boca a boca, tuit a tuit o mensaje a mensaje, a través de unas redes sociales que multiplican, amplían y dan voz y audiencia a quienes su criterio carece de valor alguno.

El escritor y filósofo italiano, Umberto Eco, advertía que las redes sociales daban espacio a “legiones de idiotas que antes hablaban en el bar ante un vaso de vino, sin dañar a nadie”. Ahora, la opinión de los necios, tiene un foro universal.

El reto de la ciudadanía responsable es contrastar, poner en cuarentena la información que llega, valorar todas las opiniones y elegir cuál de ellas está más fundamentada, incluso aquella que goza de mayor sentido común, sin dejarse llevar por arrebatos, prejuicios y creencias.

La política en España desciende peligrosamente por la pendiente del totalitarismo. Quien es totalitario en su casa, lo es también en su hacer político. PSOE y Podemos, la sufren. Las instituciones también. Nos deslizamos hacia el pensamiento único, hacia el linchamiento a quien no se suma a las versiones oficiales, al señalamiento del discrepante.

Ese camino, fácil de recorrer, es difícil de desandar y el daño que deja a su paso, irreparable. La democracia, en su grandeza, facilita las vías para acabar con la propia democracia. Sus instrumentos legales permiten la participación de aquellos que están en su contra y utilizan técnicas de control de masas totalitarias para orientar eficazmente al rebaño. Se nos miente, se nos confunde, se nos engaña; pero el rebaño no reacciona.

El disparatado gobierno de España, donde el reina el despotismo entre amigos, familias y hasta matrimonios, Pedro Sánchez, Pablo Iglesias, PSOE y Podemos, tienen rabos de perro, gatos muertos y guerras suficientes como para algo que es tan evidente, no se perciba.

Recuerden que tenemos “limitada capacidad receptiva, escasa comprensión y olvidamos fácilmente”. Para Hannah Arendt, en Los orígenes del totalitarismo, “la propaganda es un instrumento del totalitarismo y, posiblemente, el más importante en sus relaciones con el mundo no totalitario”

Alberto Astorga.

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