La crisis de la democracia representativa y el desafío de los populismos | Mar Rodríguez

Mar 4, 2020

La crisis de la democracia representativa y el desafío de los populismos

MAR RODRÍGUEZ

La consideración de que la representación y la democracia representativa se encuentran en crisis es un tema, por desgracia, muy recurrente en cualquier ámbito teórico o práctico que afecte a la política. 

El efecto más inmediato es la degradación de la calidad del sistema democrático actual y, en particular, de la relación de representación existente entre los ciudadanos y sus representantes políticos.

Bajo mi punto de vista, existe un problema capital que ha ocasionado en gran medida la crisis de la democracia representativa en el mundo globalizado actual. Es el papel que desempeñan los partidos políticos, que han llegado a monopolizar las instituciones del Estado hasta el punto de hacer trizas el sacrosanto principio de Montesquieu de la separación y el equilibrio entre los poderes. Equilibrio necesario en un sistema democrático asentado en Estados de derecho, garantistas y legitimadores de la debida rendición de cuentas que los representantes elegidos por los ciudadanos deben a éstos que, cada vez están más cansados de que los partidos tradicionales los vayan alejando de su participación directa en la vida pública.

El papel desempeñado por los partidos políticos ha llegado a monopolizar las instituciones del Estado hasta el punto de hacer trizas el sacrosanto principio de Montesquieu de la separación y el equilibrio entre los poderes.

Este hecho desemboca irremediablemente en una total y absoluta pérdida de confianza. Los ciudadanos han dejado de sentir que su voluntad es tenida en cuenta, dejan de creer que se actúa por el bien de todos ellos y no se sienten identificados con el modelo político que configura la democracia representativa.

Es por ello, que a los políticos profesionales se les empieza a llamar “clase” o “casta”, interpretando que el ejercicio profesional de la política realizado por ellos no tiene más objeto, en muchos casos, que el enriquecimiento personal y no el bien común, incluso ya ni siquiera, la defensa de una determinada ideología.

Otro de los importantes factores que han abocado a la democracia representativa a sufrir una profunda crisis ha sido, sin duda, la gran crisis económica global desatada en 2008. Este hecho hizo más fuerte el deseo colectivo de impulsar transformaciones que lograran superarla.

Mar Rodríguez Márquez @ReinaKhalesi
Mar Rodríguez Márquez es abogada en ejercicio desde hace más de veintisiete años, especializada en Derecho Civil y de Familia. También preside el Foro Hispano-Israelí para la Cooperación.
Experta universitaria en Comunicación Política e Institucional y en Derecho Tecnológico.
Forma parte del Gabinete de Comunicación y Prensa del Grupo Parlamentario de Ciudadanos en la Asamblea Regional de Murcia.
Cada semana escribe una columna de opinión política en Metrópolis FM Región de Murcia para el programa “El día menos pensado”, así como participa en la tertulia política de esta emisora junto a afamados periodistas de la Región de Murcia.
Ha formado parte del Comité electoral de Ciudadanos durante la campaña 2019 en comunicación.
Reconocida tuitera con el alias @ReinaKhalesi entre los top 10 del pasado mes de febrero.

Sus efectos se hacen devastadores. La aceleración de la globalización facilita el flujo de migración, los cambios tecnológicos hacen prescindibles muchos puestos de trabajo, se deslocaliza la producción en busca de una mano de obra barata, se hace depender del mercado de los países más industrializados la exportación… En definitiva, el estado de bienestar se empieza a resquebrajar abriendo una brecha insalvable entre la élite que gobierna y la ciudadanía. Incluso entre los mismos ciudadanos. Es evidente que la crisis económica nos ha traído, entre otros efectos devastadores, una profunda crisis generacional entre jóvenes, que tienen que acceder a la formación y al empleo con enorme dificultad, y mayores, que comienzan a ver peligrar la situación de bonanza que durante décadas no les había abandonado. 

En este contexto de conflictividad generalizada y de descontento ciudadano, de pérdida de confianza, de la asunción de que la soberanía popular ha sido secuestrada por las élites económicas y políticas, de la conclusión de que los partidos tradicionales no son capaces de ofrecer soluciones y del cada vez más patente retroceso del pluralismo, se van fraguando movimientos populistas, tanto de izquierdas como de derechas, reivindicativos de la participación del pueblo de forma directa, enfrentándose claramente al modelo liberal. Sirvan como ejemplos los movimientos producidos en Grecia en la Plaza Sintagma y el 15 M en España.

Poco a poco, el individuo va buscando refugio en la colectividad, las minorías van tomando forma y saliendo a la palestra con la intención de romper el sistema. La prensa es duramente acusada de falsedades, la legitimidad de los resultados electorales se pone en entredicho y el clima de inestabilidad se hace muy palpable.

Indignados y el movimiento 15 M en Madrid
Plaza Sintagma de Atenas;

Todas estas circunstancias son rentabilizadas por los partidos populistas que proclaman que el imperio de la Ley ha de someterse a la voluntad popular ante la ineficacia de las élites gobernantes que, según sus ideas, son las que han abocado a la sociedad en general al desastre y se lanzan al discurso antiglobalización y antisistema aprovechando la lenta decadencia de las políticas neoliberales.

El más claro ejemplo de las políticas populistas lo encontramos en Venezuela y no hace falta extenderse mucho en enumerar las nefastas consecuencias de la llegada al poder de Hugo Chávez, primero, y Nicolás Maduro, después. Ni que decir tiene que el panorama venezolano ha de servir de acicate a los ciudadanos del mundo para evitar a toda costa el triunfo de estos movimientos y la vuelta a restablecer el orden democrático, deteriorado tras la grave crisis de la democracia representativa.

Parecemos no darnos cuenta de que, a pesar de los pesares, llevamos décadas viviendo en un mundo relativamente en paz y en el que la globalización ha puesto en marcha el mayor proceso de reducción de la pobreza que jamás hayamos tenido antes. La democracia liberal consiguió instaurar una bonanza y calidad de vida que nos urge recuperar tras la grave crisis económica. Y el populismo no es la solución.

Indignados y el movimiento 15 M en Madrid

El más claro ejemplo de las políticas populistas lo encontramos en Venezuela y no hace falta extenderse mucho en enumerar las nefastas consecuencias de la llegada al poder de Hugo Chávez, primero, y Nicolás Maduro, después.

En el siglo XIX, las ideas del “romanticismo” fueron las precursoras de los nacionalismos que precedieron a las dos guerras mundiales. Hoy, en el siglo XXI, los populismos se presentan como nuevos románticos y empezamos a ver que la Historia se puede volver a repetir y que tenemos la obligación de evitarlo. 

El populismo es una amenaza frontal a las libertades y la prosperidad. No se debe caer en las falacias retóricas que nos venden los partidos populistas, lo que hoy escuchamos por todas partes como posverdad. 

Realmente, la democracia liberal y representativa en la actualidad tiene un desafío muy claro y es frenar el ascenso del populismo y volver a generar confianza en los ciudadanos, tareas arduas sin duda, pero no imposibles, restaurar la economía es la clave. Para ello y como reflexión final, cito una frase de Jean Claude Junker que me parece muy acertada y que hay que tomar con “respeto” a lo que pudiera venir: “Cualquiera que piense que la eterna cuestión de la guerra y la paz en Europa ha desaparecido podría estar muy equivocado: los demonios no han desaparecido, solo están durmiendo.”

 

Mar Rodríguez Márquez – @ReinaKhalesi

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