Los equipos políticos | Alberto Astorga

Sep 16, 2015

Tengo el convencimiento de que en la política, como en el deporte y como en otras áreas de la vida, el equipo está por encima de las individualidades.

Por eso es importante valorar al equipo político como un grupo de personas que realizan una actividad por delegación y en beneficio de la comunidad. Un equipo cuya composición y número solo determinan las urnas, pero que los partidos políticos, inicialmente al diseñar las listas y posteriormente con las estrategias de pactos, condicionan sustancialmente.

Solemos creer que los conceptos de grupo y de equipo son equiparables, sinónimos incluso. Tal es así que en cualquier conversación se utilizan indiscriminadamente, pero ambos conceptos tienen sustanciales diferencias que hay que considerar.

Un grupo es, por definición, un número determinado de personas que tienen similares funciones y comparten el mismo entorno, pero que realizan su actividad de manera individual y sin que el trabajo de uno dependa del de los demás.

El equipo, sin embargo, es aquel grupo de personas que trabajan de forma conjunta para la consecución de un fin concreto, de un objetivo común a todos ellos, haciendo que el resultado dependa de la colaboración mutua. Sus miembros trabajan, no solo de forma individual, sino también conjuntamente.

¿Qué los diferencia? El grupo está compuesto por personas de formación similar que, realizando un trabajo individual y, con independencia del resto, participa en la consecución de un objetivo. El equipo, sin embargo, está compuesto por personas de formación dispar pero complementaria. Cada uno aporta un valor, una habilidad o un conocimiento al equipo para poder alcanzar, coordinadamente y en colaboración, un objetivo común a todos.

Los equipos políticos más eficaces necesitan cohesión

En un contexto laboral, configurar la composición de un equipo es sencillo, pues existen procesos de selección de personal en los que el líder opta por elegir a aquellas personas que aportan algo al conjunto, un conjunto que sabe concretamente quién formará parte de él, sus aptitudes y cual serán las necesidades a cubrir o las habilidades necesarias de que debe disponer el conjunto para el logro de los objetivos.

¿Y en política? En política hablamos de equipos. Pero estos equipos no tienen la misma efectividad y eficacia que puede tener en una organización laboral. Hacer un equipo en política es algo mucho más complejo y tiene muchas más limitaciones y condicionamientos de los que habitualmente son asumibles en una organización tradicional.

En política, el equipo empieza a configurarse en el momento de diseñar una lista electoral. Ese es el momento más delicado de una organización política. Se trata de determinar quién estará y quién no estará.

Y ahí, en ese momento, no se evalúan exclusivamente las habilidades, los conocimientos o la experiencia de cada uno. Ni siquiera se valora qué es lo que aporta concretamente y qué utilidad tendrá para el conjunto. Entre la política y la legislación, se hace un coctel excesivamente heterogéneo.

Primero son las presiones de las distintas ideologías que forman parte de un partido. Raro es que cada una de ellas no quiera colocar personas de su confianza para que participen y estén en la pomada de la gestión del futuro equipo. Tampoco es extraño que exista un reparto de la presencia en las listas por razones de territorio, equilibrando las distintas zonas para que todas, o casi todas, puedan tener un referente personal. Y otro factor no menos importante es el género, pues no solo la legislación, sino también la sensibilidad de la organización impone las cuotas para garantizar una representación equilibrada tanto de mujeres como de hombres.

Ante esta complejidad, hay que preguntarse si el resultado es un equipo o no.

Tal como hemos diferenciado lo que entendemos por grupo y equipo, el “equipo político” viene a ser mucho más que un grupo, pero mucho menos que un equipo. Es, efectivamente, un grupo humano interesado en el logro de un fin -hacer una buena gestión para revalidar mandato, o mandar, en las siguientes elecciones- pero sus competencias, habilidades y capacidades son tan dispares que a veces son difícilmente complementarias.

Se hace necesario, por tanto, un importante ejercicio de cohesión entre sus miembros para que las competencias que se le concedan a cada uno se pongan al servicio de todos para el logro del objetivo compartido. Ese es el reto de todo equipo político y el reto también del líder que lo dirige. Ahí es donde las habilidades del líder deben aparecer con eficacia e intensidad.

Si lo que interesa, o dice interesar, a los partidos es el beneficio de la comunidad y el interés general, contar con un equipo cohesionado, competente y motivado es un requisito principal, que, desgraciadamente no siempre se consigue ni se percibe.

Alberto Astorga.

  

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