Elige qué equipo quieres

por | Dic 28, 2017

Es difícil reconocer que algunas veces, cuando tratamos con los miembros de nuestro equipo, tenemos miedo o, al menos, cierta sensación de inseguridad. Tan solo hablar de ello hay que hacerlo con píes de plomo porque esa sensación, aunque normal, no es aceptada fácilmente por aquellos que ejercen una posición de liderazgo en equipos y organizaciones. Se podría entender que manifiesta debilidad ante la adversidad o la incertidumbre. Nada más equivocado. Hay otros miedos.

El miedo, junto con la rabia, la alegría y la tristeza, forma parte de las cuatro emociones básicas del ser humano, emociones que todos sentimos en cualquier época, edad y cultura. Son emociones universales y están con nosotros para avisarnos y guiarnos en nuestra propia protección y conservación y en la socialización con los demás. No existen emociones buenas o malas, sino aquellas que son más agradables que otras, pero todas tienen una función específica que nos permite construir una imagen del mundo.

La sensación de miedo, en épocas primitivas (o quizás no tan remotas) imponía la obligación de “correr o luchar”: correr más deprisa que el depredador o luchar y hacerle frente para defender nuestra vida. En nuestros tiempos, el riesgo de perder la vida es excepcional, pero seguimos sintiendo miedo porque es una reacción inmediata que está inserta en la programación mental de nuestro cerebro. Lo que hoy cambia son las situaciones. Por eso es importante reconocer en qué situaciones sentimos miedo, cuándo y ante qué circunstancias se nos dispara ese salvavidas emocional para poder gestionarlo adecuadamente.

Nos parece que ser líderes supone mostrar valentía, tener arrojo, ser decidido en las decisiones a tomar. Pero todo ello no esta exento de sentir miedo. Es lo mas natural del mundo, pero debemos aprender a superarlo y seguir adelante. Los líderes son, afortunadamente, personas normales que sienten miedos y tienen debilidades. Algunos de estos suelen ser bastante comunes. ¿A qué podemos tener miedo?

A muchas cosas. Podemos temer perder el respeto de los demás hacía nuestra persona o bien hacía nuestro papel como líderes. Podemos temer no obtener el resultado que esperamos o bien perder algo que habíamos conseguido con anterioridad. Podemos temer al fracaso, a perder las riendas de las situaciones, a no saber ayudar a los demás o a descuidar nuestra vida personal y la relación con los que más queremos. Podemos tener miedo también a perder nuestra humildad y perder esa perspectiva desde “los pies en el suelo”, por auto-encumbrarnos en olimpos personales.

Pero no en pocas ocasiones tememos perder la paciencia con nuestros colaboradores, con aquellos con los que compartimos muchas horas al día, y se desencadene en nosotros el primario espíritu de defensa y lucha, incluso de la agresividad más primitiva.

El líder debe conseguir dominar esos temores, controlar los impulsos que se desencadenan y generar un comportamiento más eficaz, más constructivo, que le permita alcanzar sus objetivos de la mejor forma posible. Es, normalmente, la impaciencia en la obtención de resultados la que nos impide actuar con esa mayor eficacia. Nos puede el querer superar nuestros muchos temores, es urgente dejar de angustiarnos. Por eso atacamos como defensa.

"Nadie confía en un líder que pierde el control, que no es capaz de transmitir confianza y serenidad, que no puede resolver los problemas que surgen, ni proteger a la organización. Genera inseguridad y crispación”

Perder la paciencia con nuestro equipo y con los miembros de nuestra organización significa perder el control sobre uno mismo y eso no ayuda en nada para obtener buenos resultados, porque nadie confía en un líder que pierde el control, que no es capaz de transmitir confianza y serenidad, que no es capaz de resolver los problemas que surgen ni proteger a la organización. Genera inseguridad y, en algunos casos, crispación, malestar y tensión. No te lo dirán directamente porque eres el líder, porque tu posición se lo impide, pero te lo harán saber con su actitud.

Cuando te sientas así, lo primero que debes hacer es pregúntate “¿qué temo perder?” Esta simple pregunta te hace ya desconectar de la situación y empezar a verla desde otra perspectiva, porque el temor conlleva el riesgo de hacerte perder la paciencia y, con ello, tomar actitudes y decisiones equivocadas. Y una vez hayas encontrado la respuesta a esa pregunta, vuelve a preguntarte “¿cómo puedo actuar más eficazmente con esta persona o con este grupo?”. Y luego una tercera: “¿te acerca a tu objetivo?”. Si la respuesta es “sí”, continúa. Si es “no”, cambia.

Y, como son personas, hazlo, preferentemente, pensando siempre en el largo plazo. Hay quienes piensan a corto plazo, modificando su conducta para resolver situaciones inmediatas que, efectivamente pueden resolver, pero que pierden fuerza y sentido para proyectos y actuaciones de más largo recorrido. Dale a esto una importancia estratégica, pues te conviene contar con cada persona que compone tu equipo. Te dará seguridad para el futuro.

El líder debe ser paciente con los miembros de su organización, como un agricultor que distingue y sabe “que las frutas no son hortalizas”. Sin entrar a hacer disquisiciones botánicas para aclarar lo que es una y otra cosa, porque se trata tan solo de una metáfora, las hortalizas hacen referencia a cultivos que se recogen en menos tiempo desde la siembra, mientras que para obtener una fruta de calidad se debe disponer de árboles con solidez y de un tiempo determinado.

¿Qué estas cultivando? Si trabajas con las personas en el corto plazo y quieres obtener resultados rápidos, estas trabajando con hortalizas. Obtendrás buenos y frecuentes resultados, sí, pero deberás mantener cuidados permanentes para que la cosecha no se dañe. Después de la cosecha, puedes seguir sembrando para volver a cosechar. Si, por el contrario, trabajas con frutas, una vez que plantas los árboles, los cuidas, dejas que su tronco alcance solidez y evitas que les ataquen plagas y enfermedades, no obtendrás una cosecha inmediata, pero estarás creando árboles sanos que darán frutas anuales de gran calidad. 

Mantenerlos supondrá menor esfuerzo y la cosecha estará garantizada en cantidad y calidad durante años.Eso es lo que supone trabajar con las personas en el largo plazo, apostar por su evolución, por su formación, por potenciar sus habilidades para que generen un mejor desarrollo tanto personal como para la organización. Dando tiempo al tiempo.

Alberto Astorga

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