La política no debe ser una opción laboral

por | Ago 25, 2017

En la campaña de las elecciones generales del 20D, se presentaron por primera vez en España dos nuevos partidos políticos cuyas posibilidades eran desconocidas. Existía una alta expectación no solo por los ciudadanos y por los partidos tradicionales, sino también por ellos mismos, sorprendidos de los resultados que les auguraban las encuestas. En estas formaciones militaban una inmensa mayoría de personas que, aunque con inquietudes, ni tenían experiencia política previa o esta había sido frustrada en los partidos tradicionales, ni, en muchos casos, conocían el funcionamiento de las instituciones a las que se presentaban. Tampoco habían trabajado antes en nada.

Esta circunstancia hizo que uno de los argumentos del partido en el gobierno, el Partido Popular, fuera la solvencia de su dilatada experiencia en contraste a lo incierto y a la inseguridad de la bisoñez de los demás. Tanto es así que la Secretaria General del PP, María Dolores de Cospedal, durante un mitin en Tarancón, lanzó un mensaje claro: “para ser Presidente del Gobierno hay que venir aprendido de casa”. De los cuatro principales candidatos, tan solo Mariano Rajoy podía presentar una amplia experiencia en distintas áreas del gobierno, mientras que ningungo de sus adversarios podía presentar siquiera una concejalía de gobierno donde pudiera haberse fogueado.

Cada vez hay más cargos públicos que ni tienen experiencia laboral al margen de la política, ni formación que acredite el “venir aprendido de casa”.

El mensaje de María Dolores de Cospedal hubiera sido contundente, si en el grupo humano que nos legisla y gobierna -sea de cualquier partido político, tanto en los viejos como en los nuevos, y en todas las instituciones-, ejerciendo como concejales, alcaldes, diputados provinciales, parlamentarios autonómicos, senadores, diputados en Cortes, miembros del gobierno del Estado o de Comunidad Autónoma, no tuvieran una importante presencia personas que ni tienen experiencia laboral al margen de la política, ni formación que acredite de alguna manera el “venir aprendido de casa”.

Porque para ser político, aspirar a un escaño o a un cargo público, ocuparlo y ejercer sus funciones, no es necesario absolutamente nada. Nada. Ni tan siquiera titulación universitaria y, mucho menos, haber tenido experiencia laboral previa, bien en la Administración Pública o bien en la empresa privada.

Es cierto que son muchos los políticos que acreditan titulaciones universitarias y que además tienen profesiones y empleos a los que pueden regresar después de cumplida su etapa en la política; pero existen otros, y cada vez son más, que únicamente pueden adornar su curriculum por haber cursado “algunos estudios” o haber trabajado en la propia estructura de su partido, pero sin haber experimentado el mercado laboral ni haber cotizado, o bien haberlo hecho hace demasiado tiempo y no poder volver a ellos.

Pero al margen de las titulaciones, que ya de por sí bien puede medir su calidad, me quiero referir a la escasa experiencia laboral de nuestros políticos. El “venir aprendido de casa” de María Dolores de Cospedal, no solo debe referirse a ser Presidente de Gobierno, sino que debe extenderse a toda la clase política que, desde cualquier ámbito, nos gobierna. Tener experiencia laboral supone, o al menos presupone, aportar vivencias y conocimientos prácticos al desempeño político, además de permitir salir de la política en cualquier momento, salvaguardando la independencia propia, la dignidad y el modo de vida, sin tener que pedir “otras salidas”. En todos los partidos hay ejemplos de aquellos que consideran la política como una salida laboral más. 

Elena Valenciano es ahora Presidente de la Comisión de Derechos Humanos en el Parlemento Europeo y Vicepresidenta del Grupo Socialista. Ya había sido eurodiputada entre 1999 y 2008. Luego, hasta 2014, fue Diputada en Cortes para, a continuación, regresar a Europa. Se afilió a Juventudes Socialistas con 16 años y desde entonces está en la plantilla política de Ferraz. Carece de experiencia laboral al margen de las ocupaciones que le facilita el propio partido a través de su sede, sus fundaciones o sus cargos. No es la única. Leire Pajín y Bibiano Aido están en la misma situación.

En el Partido Popular, Fátima Báñez, Ministra de Trabajo y Seguridad Social, inicia su vida laboral cuando es elegida Diputada en Cortes en 2000. Repite en las siguientes legislaturas y también es nombrada Ministra en diciembre de 2011. Tampoco es un caso aislado. Ana Mato, que también fuera Ministra de Sanidad, no contaba con experiencia laboral anterior a la política.

El fenómeno lo encabezan los partidos tradicionales que además en su propia estructura potencian secciones juveniles que han servido de plataforma para medrar en la vida y como agencia de empleo para la obtención de un puesto político. Pero tampoco se escapan los nuevos donde en muchos casos se acoge a aquellos que vieron frustrado su empleo en otros partidos.

Son centenares los casos de jóvenes que, incluso sin haber terminado sus carreras acceden a una concejalía municipal, a ser diputado autonómico, nacional e incluso eurodiputado con el único mérito de ser afiliado o ser hijo de familiar de un cargo electo histórico. En muchos casos, pueden gestionar millones de euros del presupuesto de los contribuyentes mientras todavía viven en casa de sus padres alejados de la vida real, de los problemas y de la forma de vida del resto de sus convecinos.

Su aportación al interés general es cuestionable. ¿Qué supone su presencia en nuestras instituciones? ¿Cuál es su aportación? ¿Qué servicio hacen?

En política todo el mundo es válido, incluso también los adversarios. Nadie sobra. Cualquiera que tenga vocación de servir a los demás desde un cargo público, con lo que ello supone, es digno de admiración y consideración. Pero hay que tener en cuenta el “para qué” se está en política, pues ahí aparecerán los valores, las íntimas creencias de la persona y su propósito vital a través de la política de aportar algo a la sociedad.  Es una pregunta sencilla de formular y difícil de contestar, pero es fundamental y no debe confundirse con el “por qué”.

Esta clase de políticos que por sí mismos carecen de beneficio y afán, son útiles para los dirigentes que les han aupado al cargo porque, como ya se ha comentado en alguno de nuestros anteriores artículos, lo que se premia es la lealtad, la fidelidad, la confianza y el seguidismo. Y estos, indudablemente, lo aportan. Nunca tomarán ni ampararán posiciones distintas a las del aparato porque de ello depende su continuidad en el cargo y, por tanto, su sueldo. Pero tampoco apoyarán a nadie, ni siquiera a su padrino, cuando exista un congreso con una alternativa igualada, pues si su padrino cae, ellos caen, y hay que mantener las buenas relaciones con el que pueda ganar.

También aportan imagen. Como todos los partidos venden renovación y desean hacerse con el voto de la juventud, ¿qué mejor manera de conseguirlo que incorporando a jóvenes en las listas electorales? Pero es más, cumpliendo el Principio de Simpatía que hemos comentado en otras entradas, en las campañas electorales son las secciones juveniles las artífices de la movilización electoral, pues desde ellas se reparte la cartelería, se acompaña públicamente a los líderes, se asiste a los mítines y se participa en la jornada de votación como interventores y apoderados en miles de mesas.

Y aun más, pues se ha puesto de moda presentar como portavoces de los partidos a personas jóvenes, de rostro fresco y afable para hacer ver una más que dudosa renovación generacional, de ideas y de proyecto.aportan imagen.

Pero también conllevan sus inconvenientes. Aportan a la sociedad una imagen negativa de la política y favorecen las críticas de que la política es un reducto elitista, ejercida por una casta minoritaria que perdura en el poder legislatura tras legislatura, sin que haya renovación real en las ofertas electorales. No en vano, la Real Academia de la Lengua Española define casta como “grupo que forma una clase especial y tiende a permanecer separado de los demás por su raza, religión, etc.”

Aportan al equipo en la medida en que los intereses del equipo coinciden con los propios y cuando se produzca discrepancia entre sus intereses y los del equipo, se inclinarán siempre por los propios. Por su “tendencia a permanecer”, supeditarán siempre los objetivos y metas comunes a sus propios objetivos y metas. Su permanencia y supervivencia en política estará siempre por encima de los intereses del partido o del grupo al que pertenezcan, llegando a suplicar su continuidad en el ejercicio de sus cargos utilizando todo tipo de argumentos, siempre ajenos a la política, para conseguir la piedad que les pudiera favorecer. Conspirarán contra los propios compañeros para hacer valer su lealtad frente a la de los demás. De ahí viene el decir que “los adversarios políticos no son lo que están ideológicamente enfrente, sino los que están en tu propio partido.”

Se trata, en definitiva, de políticos que se aferran a la política como a un clavo ardiendo porque, al margen de la política, no tienen posibilidades, a las tienen muy escasas, de trabajar en cualquier otra cosa. Son políticos que han hecho de la política su profesión, la única posibilidad de profesión, su carrera.

En su día, Esperanza Aguirre cuestionó esta situación y propuso públicamente que nadie pudiera acceder a un escaño o a un puesto directivo sin haber tenido experiencia previa en la empresa privada o en la Administración Pública, advirtiendo que “desgraciadamente los jóvenes en los partidos hacen de la política una profesión”. Pero ahí quedó la cosa. Nunca ningún partido, ni viejo ni nuevo, ha establecido en sus estatutos limitación o requisito alguno de que para el ejercicio de los cargos políticos ha de tenerse una mínima experiencia previa.

Volvemos a tomar las palabras de María Dolores de Cospedal en Tarancón: “A España hay que tomársela en serio” y por ello sobrecoge la idea de que aquellas personas que dirigen la vida de los demás, que deciden sobre economía, trabajo, impuestos, salud y educación, en ámbitos tan dispares como el Estado, la región o la ciudad, pueden ser personas con poca o ninguna experiencia sobre la manera en que viven y trabajan el común de los ciudadanos. Que ignoran lo que es la vida real y se mantienen en una columna, aislados de la realidad.

Por ello siempre es recomendable, sino necesario, contar con un empleo previo a la política que permita aportar experiencias y conocimientos allí donde se aspire al ejercer un servicio público y que garantice que, cuando la actividad política se acaba, que siempre se acaba, sea para regresar a un empleo con dignidad.

Alberto Astorga

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