Las emociones en la política

por | Jun 29, 2015

En las elecciones generales que se celebraron en 2004 ya asistimos a un fenómeno que no era nuevo y que se mantiene en el tiempo con una importancia digna de tener en cuenta en la actividad política. Me refiero a las emociones. A las emociones en la política. 

Por aquel entonces, una campaña racionalmente preparada y en marcha, se rompió bruscamente por la aparición en escena de la violencia, del drama individual y colectivo y del dolor. Las emociones que produjeron en la sociedad los atentados del metro de Madrid, supusieron, pocos días después, un vuelco electoral que no se esperaba. Las emociones vencieron a la racionalidad. Y vencieron con claridad.

De poco sirvió haber ofrecido a los electores logros económicos concretos y contrastables, crecimiento del empleo o conceptos macro o microeconómicos positivos. Las emociones fueron la clave.

Si alguna vez pudimos ser definidos como animales racionales, desde el punto de vista electoral podemos ir ya cambiando la definición por la de animales emocionales, porque, en definitiva, las elecciones ahora se ganan apelando a las emociones, llegando al corazón de los votantes.

Esto, que ya de por sí es una pobre novedad que no hago más que constatar, sirve para darnos cuenta de que el juicio político, que debiera contener argumentos racionales e informados que, sin sentimentalismos, busquen el interés general, en la práctica no es más que la suma desordenada de prejuicios, inercias, experiencias pasadas, creencias heredadas e imágenes o fotografías mentales que vamos conformando, con o sin razones, de los políticos, de la política, de los partidos y de las instituciones. Un conjunto de circunstancias que son generadas subjetivamente por cada elector.

La actividad política, la política en sentido amplio, no está dominada ni lo ha estado nunca por la razón. El impulso político se activa fundamentalmente con la emoción. Ambas, razón y emoción, van de la mano, son inseparables para determinar y condicionar el sentido del voto.

Spinoza ya decía que el solo conocimiento no mueve a la acción humana, sino que se necesita el afecto y la pasión para ello. Nos movemos por pasiones, por emociones, por lo que sentimos en el corazón o en las entrañas. Por filias o por fobias, por amores o por odios.

Los sentimientos tienen indudablemente una gran capacidad de impacto en el espacio público que es la política y lo hace para atender y estar presente en el logro de objetivos comunes. Pero el uso de las emociones no debe nunca distorsionar la racionalidad política. Van de la mano, sí, pero las emociones deber servir para complementarla, matizarla o gestionarla de forma que con el resultado equilibrado se puedan obtener lo mejores resultados para la ciudadanía y para el interés general, sin generar conflictos. Abusar de las emociones supondría pasar de la política con emoción a la política de la emoción. Y no son lo mismo.

"Razón y emoción van de la mano, son inseparables para determinar y condicionar el sentido del voto".

En 2007, Jordi Sánchez escribía en la tribuna de El País que “es evidente que cuando la política es solo pasión y emoción, la probabilidad de que la tensión social aparezca y el invento de la convivencia democrática quede hecha añicos es muy elevada. Pero pretender, consciente o inconscientemente, que la política este despojada de pasión y emoción es poner las bases para un proceso de liquidación social de la política”.

Emocionarse y emocionar. Esa es la clave. Emocionar a los ciudadanos con propuestas alcanzables, realistas, con objetivos comunes, con desafíos presentes y futuros.

El político, la política, los partidos, las instituciones de gobierno, deben conectar con el ciudadano, con sus emociones. Deben ilusionar con sus propuestas a los votantes. Estos quieren soluciones a problemas concretos. Hoy más concretos que nunca. Pero también quieren proyectos de futuro en lo que se vean participes y protagonistas y no meros espectadores.

Conectar con esas emociones se inicia sabiendo escuchar. Ya se sabe oír, falta saber escuchar. Escuchar con todos los sentidos, siendo consciente de uno mismo y empatizando con el cuerpo de electores. El político actual debe conocer esas emociones para poder actuar en consecuencia y para ello, la comunicación debe ser una constante.

Alberto Astorga

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